El Agente del maletín misterioso

El Agente del maletín misterioso

País. La historia del sargento mayor Luis Alberto Torres Huertas, un campesino que protegió a los niños y niñas de Colombia.
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​Por allá desde el 26 de abril de 1924, un campesino boyacense vestido de policía recorría las calles bogotanas llevando siempre consigo un elegante maletín de cuero negro, parecido al que portan los hombres de negocios.Quienes no lo conocían lo bautizaron como 'El agente del maletín misterioso" y efectivamente, en su interior guardaba con sigilo el arma más poderosa para cautivar a sus seguidores. Luis Alberto Torres Huertas, nacido en Turmequé el 6 de noviembre de 1903, se internaba en el parque Hipódromo Banco Central Hipotecario, donde hoy queda el estadio El Campín, y, de un momento a  otro, se veía rodeado de docenas de niños, niñas y adolescentes que aparecían de todas partes, incluidos los llamados 'carasucias', pequeños cuyo hogar eran las frías calles de la emergente gran ciudad y a quienes ayudaba en sus rondas nocturnas.Les contaba cuentos, les enseñaba canciones, acertijos y rondas infantiles; les inculcaba el amor por la patria, por la familia y por el prójimo; los motivaba a ser los mejores estudiantes y ciudadanos y, sin el menor asomo de pena, hasta les servía de caballito para que montaran hasta el cansancio. A través de los años, su noble tarea atrajo a toda la comarca, quienes no dudaron en apoyar su causa para comprar columpios y otras diversiones mecánicas.​Como ya no daba abasto para atender a todos los niños, con el respaldo de sus superiores, con su talento innato de docente y con un envidiable conocimiento empírico, formó a otros 11 de los más destacados policías para que lo apoyaran en su titánica tarea. No tardaron en bautizarlos como 'Los 12 apóstoles' de los niños. Libro Nuestras Historias IV edición​​Pero a raíz de los trágicos acontecimientos del 9 de abril de 1948, cuando Bogotá fue semidestruida tras el asesinato del líder político Jorge Eliécer Gaitán, 'El agente del maletín misterioso' fue apresado por el solo hecho de ser policía, pero los niños y sus padres acudieron a su rescate mediante centenares de cartas escritas con el corazón, lo que llevó a sus captores a dejarlo en libertad. Cuando cesó la violencia no solo regresó, de 7 de la mañana a 6 de la tarde, a los parques bogotanos, sino que comenzó un viaje por todo el país para divertir proteger a los niños. Así sentó las bases para que el 29 de enero de 1951 naciera la Policía de Protección Infantil, hoy conocida como Área de Infancia y Adolescencia, que ya cuenta con 2.371 'apóstoles'. Llegó hasta el grado de sargento mayor y con el paso de los años se convirtió en el ícono de la Suboficialidad. Por eso, en su honor, así fue bautizada la Plaza de Armas de la Escuela 'Gonzalo Jiménez de Quesada', donde se erige una estatua para inmortalizar su legado. Su nombre también dio vida a una de las plazoletas del Museo de la Policía Nacional. Así también se llama la Escuela de Policía en Protección y Seguridad, donde se capacitan y entrenan los hombres y las mujeres que hoy cuidan la espalda de miles de personalidades e instalaciones claves del país. 'El agente del maletín misterioso' se retiró del servicio en 1965. En ese solo año, la Policía atendió en solo Bogotá a más de 200 mil niños en 80 parques, apoyados por 14 juntas de acción comunal, 20 juntas proparques, 8 juntas cívicas y hasta por la embajada de Estados Unidos. El día de su muerte, el 25 de febrero de 1973, fue de luto en el alma limpia de los niños y de otros no tan niños. Miles de lugareños lo acompañaron hasta su última morada, incluidos los 'carasucias', cuyas lágrimas abrieron surcos de dolor en sus rostros carcomidos por la mugre. Su historia e imagen de padre protector copó las páginas de los periódicos, las revistas y las pantallas de los televisores y hasta las de cine. Su rostro ilustró almanaques e inspiró a todo un país para trabajar por su niñez. Hasta 90 mil estampillas contribuyeron a inmortalizar a este ángel guardián de los niños de Colombia.Para entonces, el maletín ya no era misterioso. Todos sabían que allí cargó por más de 40 años el arma con la que premió a sus hijos adoptivos: deliciosos ¡¡¡CARAMELOS!!!! de todos los sabores.