En el ir y venir de la Terminal de Transportes de Cartagena, donde el deber llama a cada minuto y los retos diarios no dan tregua, existe una historia silenciosa que emociona, inspira y deja huella. Es la historia de una patrullera de la Policía Nacional de Colombia que, más allá de portar un uniforme, lleva consigo una profunda vocación por la vida… por toda forma de vida.
La conocen como “mamá gatuna”. No por casualidad, sino por convicción. En medio de su jornada laboral, entre recorridos, controles y orientación a los viajeros, siempre encuentra un espacio —un pequeño acto de pausa en medio del deber— para extender su mano y su corazón a una comunidad que muchos prefieren ignorar: los gatos callejeros que rondan por la terminal.
Con la delicadeza de quien entiende que la confianza no se exige, se construye, esta patrullera se acerca cada día a los rincones donde los felinos se refugian del sol, del miedo y del hambre. Lleva alimento, agua y una ternura que desarma hasta al más asustado. Los gatos la esperan. La reconocen. Se acercan sin miedo, como si supieran que ella no solo los ve… los cuida.
En tiempos en los que la indiferencia suele ganar terreno, su gesto —pequeño en apariencia, inmenso en significado— se convierte en una lección poderosa. Porque proteger no siempre es contener o detener. A veces, proteger es alimentar. A veces, proteger es inclinarse, abrir una bolsa de comida y decir con el acto más simple: “ustedes también importan”.
Este acto diario, sostenido e invisible para muchos, habla de un compromiso ambiental auténtico. No es una tarea asignada ni una orden recibida. Es la manifestación pura de una conciencia que entiende que la labor policial va más allá de la seguridad ciudadana: también es cuidado, empatía y respeto por la vida en todas sus expresiones.
Ella no busca aplausos ni medallas. Pero su ejemplo conmueve. En una sociedad donde tantos animales son abandonados, maltratados o simplemente ignorados, ver a una servidora pública dedicar parte de su día a ellos devuelve la esperanza. Nos recuerda que el uniforme también puede ser sinónimo de compasión.
La patrullera Franchezca Yulissa Reyes Martínez no solo resguarda un lugar de tránsito. Protege, con su corazón, lo más sagrado que puede tener una sociedad: su capacidad de sentir. Porque servir también es amar. Porque cuidar también es un acto de humanidad.